lunes, 16 de febrero de 2015

Me quedé en Camelot

A veces siento que nací en la época equivocada, que mis pensamientos no coinciden con el común contemporáneo. 

Si bien cada persona tiene una opinión distinta sobre cada tema, un usual pensar no tiene cabida en mí. Ahí me cuestiono mi existencia en la actualidad, aunque sé que uno nace en el tiempo predestinado porque no es cuestión de suerte sino de predilección.

Dentro de toda la paranoia que se me forma en 2013, algo atrae mi atención: la edad Media. Específicamente, la cultura medieval de la Europa Occidental. 

El rey Arturo y el mago Merlín ocuparon un lugar en mi alma que ha ido marcando lo que sería mi 'línea editorial'.

Mi amor patrio y respeto a Camelot es algo que excede de la razón, no es ninguna conducta aprendida, surgió y ya. Y es que Camelot, la capital del reino de Arturo, es la cuna de los mejores sentimientos humanos. 
La BBC recreó la historia a través de la serie Merlín, finalizada en 2012.
Imagen: Captura de pantalla / archivo
Quizá sea porque se hace inconcebible que luego de catorce siglos de 'evolución', aún alguien siga creyendo en la nobleza humana y en la magia del sentimentalismo. 

La moralidad marcaba al Caballero
Imagen: Archivo
Probablemente es absurdo que alguien todavía conciba el respeto como valor fundamental entre las relaciones humanas, un respeto que recuerda a cuando Arturo extrajo la Excalibur de la piedra y el yunque. Tal vez el hecho sea tan verídico, que forma parte del arte. 

En torno al amor, Camelot lo percibía como un hecho de magia blanca capaz de unir a un hombre y a una mujer en una espiral que contradecía la razón. Ahí coincido yo, la razón no entenderá al amor. Y sigo coincidiendo, el gran amor de Arturo, Ginebra, lo engañó con Lancelot, el caballero más noble. 

La historia describe a Merlín como un hijo de la tierra, con herencia druida. La magia, que es demonizada en las diversas corrientes religiosas, se narra tan pura como la misma existencia. 

Reiteradas veces, siento que una parte de mi esencia se quedó en Camelot. Sin haberla escuchado nunca, la música celta causa liberación de endorfinas y oxitocinas en mi cuerpo. Y el creer que los hombres no somos animales, sino sujetos de razón, me transporta a un día cualquiera en la que fuese -quizá en los libros- la capital de Bretaña.

Mi orgullo sobrenatural por el hecho de ser venezolano no choca con mi indigna presunción de creerme ciudadano de Camelot.

NOTA: Se suele pensar que el rey Arturo no existió, pero investigaciones arrojan que fue una figura histórica real que vivió en la isla de Britania hace catorce siglos. Fuente: Breve Historia del Rey Arturo de Christopher Bibbert

martes, 10 de febrero de 2015

Día rutinario en la pequeña Venecia

Todo luce normal, el sol sale desde el este y brilla como lo haría en cualquier sitio del trópico. 

Quizá olería a café, pero este acabó.

Ir al trabajo sería seguir en la rutina, tratar de aumentar el PIB de la nación nunca fue tan rudo. Cada segundo se es más pobre, y se tiene menos que comer. 

Ser Community Manager nunca fue tan complicado, quizá porque hace una década no había esta expansión. Estar en cada red, y ver tanto negativismo y no contagiarse es de expertos, o de acostumbrados. 

En la oficina sí huele a café, pero no hay azúcar. Ni preguntamos por la leche, es como si allí todos fuéramos intolerantes. 

Mientras se trabaja, se piensa si se corre con la suerte de conseguir desodorante o quizá una caja de cataflan

La hora del almuerzo llega, con austeridad: ya las verduras -o quizá el arroz- no forman parte del plato. Ya no tomamos Coca-Cola, la botella ahora cuesta 90 bolívares. Pensar en postre nos hace imaginar un helado, su costo supera el sueldo diario. 

Durante la tarde se recibe un mensaje de texto que indica que llegó detergente de ropa a un supermercado, que la "cola" está corta. Se está trabajando, es mejor conservar el empleo. 

Llega la hora de abandonar la oficina. En el camino a casa se recuerda todo lo que hace falta, la sexta parte de lo que se pensó está escaso. 

El atarceder te recuerda que hay un mañana y que puede ser mejor
Imagen: Francisco Hernández Almarza
Una cena ideal sería una arepa, no hay harina de maíz. Se piensa en el cereal, la leche no existe. Termina comiendo galleta de soda con atún, cuyo precio lo hace pensar dos veces. 

Antes de dormir, cualquier persona se bañaría. Pero eso no sucederá ahora con tanta frecuencia: las reservas de champú están acabando. 

Amanece el próximo día, con los mismos sentimientos pero con noticias que asustan aún más. Es posible que amanecer en Venezuela sea una total aventura. 

La esperanza que deja cada nuevo amanecer es que el cambio viene, y nada lo detiene. Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, veamos si es cierto.